domingo, 27 de noviembre de 2011

Comienzo de la imaginación

En 1899 ya habíamos aprendido a dominar la oscuridad, pero no el calor de Texas. Nos levantábamos, horas antes de que sonara el despertador empapados de sudor y con las sabanas pegadas a nuestro cuerpo, era francamente insoportable. Ese mes de agosto fue el más caluroso de de toda mi vida. Me levanté con mucha hambre pero por empezar mal el día no había más que un zumo caliente y unas rebanadas de pan para hacer unas cuantas tostadas. Cuando salimos de casa, el termómetro marcaba los 49ºC, pero le prometimos a nuestro hijo que le llevaríamos a ese dichoso museo de ciencia en el que los niños tenían muchas actividades para "aprender" cosas sobre ella.
Cogimos el metro para llegar antes, y todo lo que me dijeron del metro era verdad. Ese metro hacía una olor insoportable, me daba asco sentarme en los asientos porque pensaba que tipo de persona se podía haber sentado allí antes. Me preguntaba si ese olor era durante todo el año o solo ese caluroso verano.
Al entrar en el museo, después de pagar veinte euros por las dos entradas, me dí cuenta de que eso más que un museo era más bien una guardería. Niños pequeños chillando y jugando con cosas que tenían algo que ver con la ciencia, pero que ni por asomo aprendían cosas relacionas con ella. I lo primero que hice al entrar, aparte de poner esa cara de molesto que pone la mayoría de la gente cuando va a un restaurante y hay un niño pequeño que no para de chillar y te fastidia la comida, fue preguntarme porqué estaba allí, y recordé que se lo prometí a mi hijo si me dejaba en paz, y como el intento de buen padre que soy, lo hice.
Me pasé todo el santo día detrás de él, como hacían la mayoría de los padres, intentando fingir que me lo pasaba bien y que tenía interés en los juegos absurdos en los que me hizo jugar. Lo que me fascinó fue que los demás padres, o lo disimulaban muy bien, o realmente se lo estaban pasando bien jugando con sus hijos en ese museo. Al final del día, marchamos de ese maldito sitio y me preguntó si me lo había pasado bien, entonces ese día de 1899, fue el día en el que dije el “si” más falso de mi vida. 

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