La llegada de otro hijo en la casa de los Tate fue más especial que de costumbre, porque tras tres hijos nació la primera hija, Calpurnia. El nacimiento de los demás niños también fueron especiales, pero no tanto para el abuelo. El abuelo mostró un poco más de curiosidad en la hija y se encariñó un poco más que con los otros hermanos.
No tenía ni dos años que ya empezaba a caminar, se pasaba el día corriendo por casa, no paraba quieta. Se pasaba la mayor parte del tiempo jugando a los alrededores de casa con la vigilancia del omnipresente abuelo, que no le quitaba ojo de encima, parecía como si el abuelo esperara algo de ella que no esperaba de los otros tres hermanos mayores. Así que poco a poco la relación con el abuelo fue creciendo y creciendo hasta que su madre, al no querer que su hija estuviera todo día haciendo el vago cuando fuera mayor, limitó el tiempo que pasaba con el abuelo y la obligaba a pasar mas tiempo con ella. Ver como cocinaba Viola, mirar como su madre tocaba el piano o tejía con lana fueron sus nuevas actividades, y a pesar del llanto de Calpurnia y de las pocas palabras que sabía decir gracias al abuelo, pero su madre mantuvo su postura a lo largo de los años.
Calpurnia lloraba todas las veces que miraba a su abuelo, y no podía estar con el, que no podía abracarle o jugar con él. El abuelo en cambio, no mostraba demasiada tristeza, simplemente, cada vez que se encontraba con su nieta por casa, le dedicaba una dulce sonrisa como si dentro de unos años fueran a recuperar el tiempo perdido.
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